sábado 5 de septiembre de 2009

Noche de locura en el casino

Caminaba con una profunda soledad, tanto externa como interna, cuando decidí meterme a un casino. Luego de ver tantas películas de Las Vegas con personas que ganan US$80,000 en un par de horas o se hacen millonarios pensé que quizas podría pasarme a mi, o tal vez fuera todo lo contrario. Tal vez la desgracia se apoderaría de mi y terminaría destruido, ebrio y atendido por una prostituta piadosa y además rubia y deliciosa como Nicolas Cage en Adios a las Vegas. Ambas perspectivas me parecían muy atractivas para luchar contra la soledad.

Ingresando al casino pasé la zona de las señoras frente a las máquinas tragamonedas que en realidad pareciera que se tragaran el alma de las pobres señoras y lo que les queda de vida. Parecen tristes fantasmas frente a esas máquinas. Yo quería la euforia del casino real, los gritos, las rubias que se venden por un par de fichas, los rivales terribles y de pinta maligna con los cuales tendría que agarrarme a golpes en la puerta por haberlos desfalcado.

Lamentablemente nada más lejos de la realidad. Todos parecían muy tranquilos y peor aún, aparentemente lo que jugaban no les producía absolutamente nada, ni dolor, ni placer, ni alegría. Todos miraban sus juegos y ganaban o perdían como robots haciendo gestos, aparentemente universales, y mirando al vacío entre ronda y ronda. Los más amistosos decian dos o tres palabras al dealer que les respondía con la mirada vacía. La frase "el juego no es para divertirse" parecía aplicarse en todo el lugar.

Parte de la terrible sensación de engaño que comenzó a dibujarse en mi mente se debió a la ausencia de rubias esplendorosas colagadas de los hombros de los tejanos suertudos. En la mesa de dados había apenas un coreano que de cuando en vez hablaba en su idioma para si mismo y dos hombres muy gordos que de cuando en cuando sonreían. Nadie se colgaba de sus hombros ni les soplaba los dados. Tampoco veía los saltos y gritos de victoria de las películas. Más bien era un juego como monótono.

Absolutamente todos parecen tener apuro por jugar. La velocidad a la que piden más cartas, cambian de mano, giran la ruleta hace que apenas uno pueda enterarse de lo que pasó. La velocidad de los dealers es realmente maravillosa y todos parecen agradecerla.

Un par de japoneses conversaban en su idioma de una forma bastante alterada respecto al ambiente reinante. Comencé a mirarlos y me di cuenta de que tenían el maravilloso poder de conversar mientras jugaban casi sin mirar sus cartas. Yo empecé a imaginar qué podrían decirse los dos jugadores:

-Odio perder con este dealer cholo
-Pero no te preocupes, mañana subimos el menu a 10 soles
-No! ya te he dicho que no voy a subir el precio del menu!
-Pero si sigues perdiendo voy a tener que subirlo
-Eres un terco!!! te odio!!! no voy a jugar contigo porque no me haces caso!!! y el chifa es mío!!!

Algo así parecían hablar mientras apuntaban unos valores en el papel y miraban sus cartas. Luego me puse a analizar* los juegos a ver por cuál me animaba

La sin razón humana - El poker caribeño

Aparentemente este juego consiste en quién es el más piña. Te dan cinco cartas y nada más. El que saca la mejor mano gana. Sospechosamente el 80% del tiempo el dealer saca la mejor mano cuando en realidad es solo un jugador más.

No se requiere ninguna habilidad ni estrategia para ese juego. Si te toca una jugada interesante apuestas y listo. No cambias cartas ni haces nada. Los jugadores de cuando en cuando acusan a la dealer (en este caso era mujer) de querer ser la empleada del mes. Ella sonrie por compromiso y nadie se ríe del chiste. Aparentemente luego de perder dos o tres manos a nadie le parece gracioso. Un hombre aparentemente cansado de la dealer se mueve a otra mesa donde su suerte no mejora.

El juego no tiene ningún sentido. Un perro que supiera hacer los dos gestos que se hacen podría jugarlo sin problema.

Así seguí a otro juego

El dealer sabe algo que tú no - El Blackjack

Pasé por las mesas de blackjack donde, aparentemente las sillas te bajan el coheficiente intelectual ya que el juego consiste en tratar de sacar 21 o el valor más cercano sin pasarte. Por lo que pude ver el dealer se detiene en 18 y no saca más cartas ni así su madre se lo pida. Yo me pregunto ¿por qué carajo no hacen todos lo mismo y ya?. No tengo idea pero algunas personas incluso juegan en dos sitios a la vez y pierden constantemente.

Me quedó claro que los dealers saben algo que nosotros no porque ganan constantemente y ni siquiera parecen pensar. Solamente sacan cartas como autómatas. En cambio los jugadores piensan y piensan si pedir o no otra carta y pierden más o menos cuatro de cinco rondas.

Decidí que el juego era muy peligroso porque mucha gente saltaba de una mesa a otra cada vez con menos fichas. Estuve esperando ver algo como el final de una película de las vegas donde hay las llaves de un carro en la mesa y sale un as de espadas y una j y la gente grita. Pero los únicos que gritaban eran los japoneces del chifa.

¿Qué carajo están haciendo? El baccarat

Aquí si no entendí nada de nada. Aparentemente se sacan cartas, unas van de costado y todos hacen extraños sonidos de "mhhh" "ahhh" "ohhh" "aja". Parece que los sonidos significan algo en baccarat que debe ser un idioma. Luego de unas cinco o seís vueltas me di cuenta de que no me daba cuenta de nada así que salí rapidamente a otra mesa.

Te amo y luego te odio - Craps o Dados

Deduje que el juego consiste en lanzar los dados y adivinar si repite el tiro o sale algo diferente. El caso es que aparentemente uno puede apostar sobre lo que está haciendo el otro y si te sale 7 todos te odian. Solamente imaginar que todos me van a odiar por sacar 7 u 11 (creo) hizo que ni me fijara en toda la maraña de reglas que parecen acompañar al juego. La ausencia de rubias esplendorosas que soplen los dados me hizo desanimerme, y más aún el japonés que aparenteba tener ganas de cuplir el rol de quién sopla los dados.

Todos estamos locos - La Ruleta

Aquí aparentemente el objetivo es poner la mayor cantidad de moneditas en los números de la mesa. Ocurren cosas graciosas como que el dealer tiene que impedir que sigan poniendo moneditas en cierto momento y a veces con un tono de voz molesto dice "ceeeeeeerrrado gracias". Lo que no entiendo es qué carajos le cuesta esperar a que todos pongan sus moneditas y listo. En todo caso la gente parece aquí más divertida ya que solamente el hecho de poner las moneditas te hace realizar alguna acción, que es más de lo que se hace en los otros juegos.

Lo que me produce terror es que te dan cinco torres de fichas y todas desaparecen en una jugada. Si ganas no recuperas todas las torres que perdiste... un juego muy extraño.

De las apuestas - Mi vida es basura

Mientas miraba todos los juegos y seguía escuchando a los señores del chifa comencé a mirar una de las moneditas negras de la mesa de blackjack. Eran moneditas negras que estaban en una pila sobre la mesa. De pronto el alma se me congeló cuando vi un número 100 puesto en la monedita. Conté rápidamente las moneditas y vi que estaban puestos 500 soles en la mesa. El señor sacó como 24 en las cartas y los 500 soles pasaron a las manos del dealer.

El señor sin pestañear sacó su billetera y puso 200 soles más, esta vez le dieron fichas más pequeñas, de color verde que decían 25. Puso la mitad y en menos de dos minutos ya no tenía moneditas. Una señora, al lado de él sacó 1000 soles y los dio a la dealer que le entregó varias moneditas plásticas de diferente valor. Se fueron en tres rondas. Luego de dos rondas más me di cuenta que en menos de 10 minutos la señora se había gastado 1.5 veces mi sueldo!!! y ahí me puse pálido.

Miré hacia la ruleta para ver como uno de los dueños del chifa cambiaba 700 soles por cuatro rumas de monedas. Con razón andaba molesto, porque pedió y sin problemas sacó 700 soles más. Al cabo de 20 minutos me di cuenta de que realmente gano una porquería de dinero ya que me serviría, mi sueldo de un mes, para jugar 20 0 30 minutos a lo mucho, luego moriría de hambre.

Comencé a hacer pequeños ruidos de llanto aguantado cuando vi que una señora había puesto algo menos de 1000 soles en la mesa y le tocaron un 8 y un 10 que parecía darle la victoria, solamente para que el dealer saque una J y un A como que por algún motivo le dio la victoria al dealer.

La señora, medio tuerta ella, con un cigarro en la boca me miró y de pronto me dijo "Ah, si tienes miedo de perder nunca vas a ganar". Sentí que me acababa de caer una lección de vida resumida en una frase por la señora tahur. Sentí que mis humildes 50 soles, que incluían pasaje y alguna comida, se veían escuálidos y ridículos frente a los miles de soles que se evaporan en las mesas.

Salí del casino pensando en que tal vez debería buscar otro trabajo, en que mañana el menú del chifa iba a subir de precios, que son los chinos los que tienen chifas, no los japoneses, que los dealers saben cosas que nosotros no, que el dueño de ese casino debe ser una persona muy feliz, y que mi soledad de esa noche no pudo ser apostada en una de esas aterciopeladas mesas a ver si el dealer me la hacía desaparecer con la habilidad con la que hace desaparecer las fichas. Tome un taxi, regatié el precio y salí de Las Vegas para regresar a mi extraña realidad.
*corrección posterior al comentario que hace referencia a analizar en lugar de "analisar"

martes 25 de agosto de 2009

V de Venganza


Dentro de los pocos placeres que me permito sin restricciones está el de la venganza. No uso drogas, no tengo vicios que hagan que mi forma de vida peligre, pero disfruto la venganza. Las personas en general, y creo que tienen razón, dicen que soy una persona horrible por eso. Sin embargo yo también puedo ver, a veces, esos segundos donde ellos también gozan de la venganza pero se lo niegan, no lo aceptan en público y enarbolan la bandera del perdón como línea de vida.
Yo por mi lado casi no sé lo que es el perdón. Puedo recordar una falta cometida en mi contra por muchos años, esperando el momento en que el destino, por que como buen mezquino siento que la vida me retribuye de esa manera, me presente el momento de la venganza. En general no acciono, espero que la vida me de la oportunidad de disfrutar de la desgracia de aquel que me hizo daño o simplemente me gastó una broma.

Para que el disfrute sea pleno la venganza tiene que ser proporcional, si es muy leve no me siento retribuido por la vida, si es muy fuerte deja de ser placer para convertirse en compasión y deseos de ayudar a la persona. Pero una retribución justa, proporcional y exacta me puede hacer dar saltos de alegría acompañados de “sí! sí! Venganza” . Siempre son cosas tontas, menores, pero no por eso menos importantes para mi.

Aquel día estaba muy nervioso ya que era una cena de gala y las miradas estarían puestas en mi (según yo) por ser el novio nuevo de la familia. La ocasión era una especie de almuerzo previo al matrimonio de una de las hijas más queridas de la familia. Un tío, haciendo gala de generosidad, había hecho una comida para que la familia conociera a los padres del novio.

Yo soy una persona de placeres simples que disfruta comer el puré mezclado con el arroz mientras ve una película echado en su cama. Por años mi madre lucho con un “no comas en la cama!” pero la vida demostró que la perseverancia de un hijo malcriado puede más. Hoy a mis treinta y seis años no imagino diciendo “hija, no comas en la cama”. Esta forma de alimentarme ha hecho que crea firmemente en que los cubiertos, cuando son estrictamente necesarios, constan de un tenedor, un cuchillo y una cuchara, a lo mucho otra cucharita para el postre.

Aquella noche cuando me senté en la mesa me encontré con una variopinta colección de tenedores, cuchillos y cucharas. Unos más raros que los otros. Si bien sé que hay cierto orden en el uso, ya que mi madre me repetía de niño la forma de usarlos pero que sin los implementos ya que una familia de clase media definitivamente no tiene variedad de tenedores en la mesa de sábado. Sospecho que mi madre tampoco tenía idea y todo lo que sabía era que se usaban de adentro para afuera.

El caso es que en esta cena uno podía elegir los platos de entrada, sopa y el plato de fondo (no se dice segundo parece) y finalmente varios tipos de postre. Esto generó un terrible dilema para mi ya que para colmo de males estaba en la esquina de la mesa por lo que me ofrecieron los platos primero. Dispuesto a pasarla bien y a falta de muchas explicaciones que no quería pedir, decidí que el tenedor pequeño sería para lo primero que me trajeran y el grande para lo segundo que apareciera en la mesa.

Cuando iba por el segundo plato noté que no usaba el cubierto adecuado pero ya estaba en la brega por devorar un delicioso trozo de una carne espectacular con puré de papas y arroz. Me ganó mi lado primitivo y comencé disimuladamente a mezclar un poquito del puré con el arroz y comerlo junto con un trozo de carne. Todo el mundo estaba concentrado en los novios y les daban consejos y les hacían preguntas tan inoportunas como:

- “¿y para cuando piensan tener hijos?”, (cuanto tu los mantengas, aluciné como respuesta correcta del novio)

- “¿Se van a mudar al departamento?”, (no, a tu casa tarada, para eso me compré uno)

-“Hija, tienes que tener una nana de todas maneras, no sabes lo terrible que es cuando no tienes una nana”. (Ni siquiera trabajas!!!)

-“No sabes, me encontré con José Luis (pausa dramática para dejar en claro que es el José Luis que alguna vez se ha revolcado con la novia) y le dije que te casabas, puso una cara!, no sabes!.

En medio de todas esas frases y mis fantasías de cómo deberían ser respondidas, la vi. Era una tía, de esas tías que no cabe duda que conoce todos los chismes , lee Cosas y te puede destruir en unos minutos . La tía me estaba mirando con un 00 de nota en la cara por mi manera de comer, estaba muerto. Extasiado en mi maldad con las conversaciones con los novios y para colmo estando en el lado que correspondía a las mujeres (con sus novios), había hecho una especie de pasta chamánica con el puré, el arroz y la carne. En mi descuido se había formado un cerro absolutamente notorio en el plato y por supuesto, todos los otros platos estaban siendo consumidos en un orden casi digno de un general nazi. Miré rápidamente alrededor y calculé el tiempo en que podía desaparecer el contenido, para colmo de males intenté bajar el tamaño del cerro de comida y no se me ocurrió mejor idea que aplastarlo un poco.
Como la desgracia ya estaba hecha decidí hacer como que no pasaba nada, pero la mirada de la tía me había puesto en la categoría de camionero. Cuando estaba resignado a ser rajado por la señora eternamente y planificando cómo podría hacerle alguna sobona atención para ganarme su aprobación, ocurrió.

La tía pudo hacer gritado, haberme tomado fotos, haberme insultado, haberme botado de la mesa, pero hizo algo que solamente una mujer salida de una telenovela puede hacer. Mirando el plato sonrío y dijo en voz bastante alta.

-“Ay!, que lindo, comes igualito que mi Felipe cuando era un bebito, el también mezclaba todo”

Casi toda la mesa se volteó a mirar ya que, aparentemente y por lo que escuché después, Felipe era como el símbolo familiar, el primer nacido, el sobrino e hijo mayor que ahora, casado, con tres hijas a cuestas estaba en Inglaterra trabajando para una impronunciable empresa.

Yo, congelado, no podía más que sonreír como un idiota. Muchas cejas se levantaron e incluso una de las más avispadas y menores sobrinas soltó un “asu” que terminó por destruirme. Aquellos segundos por supuesto fueron interminables y fueron complementados por “que lindo, el es un cavernicolita” de mi entonces novia.

Aparentemente el incidente se olvidó rápidamente o a mi me pareció más terrible de lo que fue, el caso es que la gente no me envió al corral y pude departir el resto de la tarde con normalidad. Por supuesto mi mente estaba esperando el momento de la venganza, el momento donde aquella señora elegante y guapa, ni siquiera podía decirle gorda y fea, se tropezara, cayera de nuca a la piscina y el gran danés de la casa, excitado por tanta violencia, fuera y la mordiera. Sin embargo la señora se mantenía elegante y bella para sus más o menos 70 años que tendría, incluso se le veía más joven pero era evidente que era la tía mayor.

Pasaron unas horas en las que mi deseo no se cumplió pero de cuando en cuando espera el evento hasta que al fin, la vida, me dio mi momento.

La señora, con toda la elegancia que puede tener una mujer, con ropa evidentemente comprada en otro país y con joyas que fácilmente podrían darme el departamento que tanto anhelo , estaba metiendo a escondidas bocaditos en su cartera. Para mi no hubiera sido nada reprochable pero evidentemente para la señora lo era ya que le faltaba un antifaz para completar la actitud de ladrona de esquina.

Cómo la vida me ha dado una habilidad especial para elegir el momento, esperé unos segundos y luego, cuando su codo rozó una de las bandejas y su mano derecha sostenía cinco, ¡cinco! dulcecitos, todos melosos, lo hice:

-“Señora, ¡cuidado con la bandeja!”.

La señora se sobre saltó por mi volumen de voz y la urgencia con la que hablé. Evidentemente no se iba a caer nada pero en un acto instintivo, cuando todos voltearon, metió los dulces en la cartera y sostuvo la bandeja. Tan evidente fue la falta social cometida que ella optó por meter un dulce más mientras le comentaba a otra señora.

-“Jiji, me llevo un par para el lonchecito, que están exquisitos”

Aparentemente esta señora suele molestar con esas cosas a los sobrinos ya que, al verla herida e indefensa, no dudaron en saltarle al cuello como una jauría de hienas salvajes. Veía a la tía corriendo herida por la sabana africana y a su familia detrás mordiendo sus flancos para que cayera.

-“Ay tía, estás con hambre”, aventuró una de las sobrinas menores.
-“Olga, pero te traigo un tapercito”, dijo la dueña de casa
-“Ay mamá, jajaja”
-“Esa tía Olga, ya está como la abuelita que se metía todo a la cartera”.

Pero la frase que más gocé fue la de la mamá del novio que, comprendiendo la incomodidad de la señora confesó, “ay, yo hacía lo mismo, por que a una le provoca el dulcecito después”.
Evidentemente la tía Olga sonreía elegante pero en esa mano manchada con la azúcar impalpable del pecado y en esas servilletitas dobladas a manera de quetes culposos, yo sabía que sufría y en ese momento gocé.

Caminé hasta el baño mientras a un tío se le caía la copa de vino y los familiares, como solamente las familias pueden hacer, corrian al cuello de la nueva víctima para hacer mofas variadas y tratarlo de borrachín (borracho de mierda pero con aroma a hogar). Dentro del baño no pude dejar de saltar y decir “sí!! Sí!! Venganza!! Soy malo… gozo… gozo!!!”. Al salir del baño mi novia de entonces miraba sospechosa y me preguntaba “¿Qué hacías, con quién hablabas ?“. Evidentemente nunca confesé mi “vengasmo” (orgasmo de venganza).