jueves, 12 de julio de 2007

Cuando pase por La Plaza

Hay ciertas conductas que recuerdo de mis tías. Una de la más notables era esa necesidad de mencionar, mientas contaban algún suceso sin importancia, alguna característica socioeconómica o geográfica que dejara claro que había una diferencia en ellas respecto al resto de los presentes en la habitación o al menos que ellas eran tan iguales como los más iguales. "Qué bonito vestido" - "Ay gracias, ¿Te gusta?, me lo trajo mi hija de su viaje a Estados Unidos". Algunas personas, tan limeñas como mi tía, cambian el "Estados Unidos" por un simple y claro "allá".


Este comportamiento es muy común en nuestra sociedad limeña. Algunos lugares son mencionados con nombre y apellido, otros simplemente no se mencionan. KFC no es una pollería, Starbucks no es un café, el chifa del Regatas no tiene nombre propio y "lo compré en el Polo" no hace referencia a una tienda de ropa. Siguiendo esta tradición, tan nuestra como el suspiro a la limeña, diré que el otro día fui a ver La Rebelión de los Chanchos a La Plaza.


No me pidan que sea objetivo. La Plaza me ha brindado, las pocas veces que he ido, obras teatrales que me han gustado mucho. No he podido pasarlas por el análisis porque estaba maravillado con lo que ocurría en escena. Así que si las obras "El perro del Hortelano" o "La importancia de llamarse Ernesto" fueron buenas o malas jamás lo sabré. Yo estaba fascinado con las actuaciones y la historia que me contaban.


Mi última visita tuvo como resultado ver "La Rebelión de los Chanchos". Una historia muy simple pero con un contenido social que me cuestionó: Un grupo de animales, ya cansados de la opresión del dueño de la granja que cada día los descuida más, decide hacer una rebelión, animado por la arenga del "gran cerdo". La rebelión resulta y la libertad se logra, iniciando como en toda rebelión, un mundo idílico donde todos son iguales y donde se trabaja para el bienestar común. Sin embargo comenzarán a aparecer los problemas cuando la individualidad (entre otros intereses personales... o animales para el caso) comience a aparecer en este mundo ideal.


Hay dos cosas que me maravillan de la historia contada: la primera es que la historia se puede adaptar a cualquier escenario en cualquier coyuntura y vamos a ver el reflejo claro del desarrollo socio político de casi cualquier nación o grupo de naciones. Esto es cierto principalmente en Latinoamérica, donde hemos vivido en dictaduras hasta "civiles" (y que no podemos extraditar). La segunda es que se puede contar de muchas maneras diferentes, pero los detalles hacen que nos podamos identificar aún más con la historia y créanme que está los tiene.

El elenco no tiene pierde. Actores de renombre como Alberto Ísola y Alfonso Santistevan junto con July Naters como directora podrían bastar para asegurar la calidad de una obra.
Sin embargo se unen a jóvenes talentos como Saskia Bernaola, Raúl Zuazo, Armando Machuca, Katia Palma que juntos nos presentan una historia muy interesante, divertida y conmovedora. Mención aparte tengo que hacer, por un gusto personal, a Christian Ysla, que ya a estas alturas, es uno de mis actores preferidos, y Patricia Portocarrero que en esta obra hace un papel que me parece memorable. Me habían comentado que estaba muy bien pero, luego de verla, me quedé impactado por el trabajo logrado. El Burro narrador, muy simpático. Y me quedé sorprendido con Ebelín Ortiz en su papel de gata. No sabía que cantara tan bien, y que se le viera tan bien en malla. En resumen diré que, a pesar de estar ella con su vestuario y maquillaje, el animal en ese momento era yo. Pero no perdamos el nivel que hasta ahora iba bien.

Lo único que puedo recomendar es que hay que verla. Pocos espectáculos en Lima tienen la calidad de esta obra y otras pocas más que he visto en estos tiempos. Lo mínimo con lo que les prometo van a salir luego de verla es: haberse reído, haberse conmovido y haberse identificado y alguno que otro, mentalmente apto, saldrá con algunas preguntas en la cabeza.

Me he tardado en escribir esto debido a que quería comentar algún defecto que pudiera remarcar desde el público, gritar que es un teatro muy caro, decir que algo era incómodo, que algo fallaba en la obra. Pronto comencé a pensar que no estaba siendo objetivo, pero me puse a recordar otras obras, con otros elencos, con otros directores y la verdad es que debe ser el lugar. Por eso pido que cuando pase por La Plaza no me pidan que sea objetivo.