martes, 25 de agosto de 2009

V de Venganza


Dentro de los pocos placeres que me permito sin restricciones está el de la venganza. No uso drogas, no tengo vicios que hagan que mi forma de vida peligre, pero disfruto la venganza. Las personas en general, y creo que tienen razón, dicen que soy una persona horrible por eso. Sin embargo yo también puedo ver, a veces, esos segundos donde ellos también gozan de la venganza pero se lo niegan, no lo aceptan en público y enarbolan la bandera del perdón como línea de vida.
Yo por mi lado casi no sé lo que es el perdón. Puedo recordar una falta cometida en mi contra por muchos años, esperando el momento en que el destino, por que como buen mezquino siento que la vida me retribuye de esa manera, me presente el momento de la venganza. En general no acciono, espero que la vida me de la oportunidad de disfrutar de la desgracia de aquel que me hizo daño o simplemente me gastó una broma.

Para que el disfrute sea pleno la venganza tiene que ser proporcional, si es muy leve no me siento retribuido por la vida, si es muy fuerte deja de ser placer para convertirse en compasión y deseos de ayudar a la persona. Pero una retribución justa, proporcional y exacta me puede hacer dar saltos de alegría acompañados de “sí! sí! Venganza” . Siempre son cosas tontas, menores, pero no por eso menos importantes para mi.

Aquel día estaba muy nervioso ya que era una cena de gala y las miradas estarían puestas en mi (según yo) por ser el novio nuevo de la familia. La ocasión era una especie de almuerzo previo al matrimonio de una de las hijas más queridas de la familia. Un tío, haciendo gala de generosidad, había hecho una comida para que la familia conociera a los padres del novio.

Yo soy una persona de placeres simples que disfruta comer el puré mezclado con el arroz mientras ve una película echado en su cama. Por años mi madre lucho con un “no comas en la cama!” pero la vida demostró que la perseverancia de un hijo malcriado puede más. Hoy a mis treinta y seis años no imagino diciendo “hija, no comas en la cama”. Esta forma de alimentarme ha hecho que crea firmemente en que los cubiertos, cuando son estrictamente necesarios, constan de un tenedor, un cuchillo y una cuchara, a lo mucho otra cucharita para el postre.

Aquella noche cuando me senté en la mesa me encontré con una variopinta colección de tenedores, cuchillos y cucharas. Unos más raros que los otros. Si bien sé que hay cierto orden en el uso, ya que mi madre me repetía de niño la forma de usarlos pero que sin los implementos ya que una familia de clase media definitivamente no tiene variedad de tenedores en la mesa de sábado. Sospecho que mi madre tampoco tenía idea y todo lo que sabía era que se usaban de adentro para afuera.

El caso es que en esta cena uno podía elegir los platos de entrada, sopa y el plato de fondo (no se dice segundo parece) y finalmente varios tipos de postre. Esto generó un terrible dilema para mi ya que para colmo de males estaba en la esquina de la mesa por lo que me ofrecieron los platos primero. Dispuesto a pasarla bien y a falta de muchas explicaciones que no quería pedir, decidí que el tenedor pequeño sería para lo primero que me trajeran y el grande para lo segundo que apareciera en la mesa.

Cuando iba por el segundo plato noté que no usaba el cubierto adecuado pero ya estaba en la brega por devorar un delicioso trozo de una carne espectacular con puré de papas y arroz. Me ganó mi lado primitivo y comencé disimuladamente a mezclar un poquito del puré con el arroz y comerlo junto con un trozo de carne. Todo el mundo estaba concentrado en los novios y les daban consejos y les hacían preguntas tan inoportunas como:

- “¿y para cuando piensan tener hijos?”, (cuanto tu los mantengas, aluciné como respuesta correcta del novio)

- “¿Se van a mudar al departamento?”, (no, a tu casa tarada, para eso me compré uno)

-“Hija, tienes que tener una nana de todas maneras, no sabes lo terrible que es cuando no tienes una nana”. (Ni siquiera trabajas!!!)

-“No sabes, me encontré con José Luis (pausa dramática para dejar en claro que es el José Luis que alguna vez se ha revolcado con la novia) y le dije que te casabas, puso una cara!, no sabes!.

En medio de todas esas frases y mis fantasías de cómo deberían ser respondidas, la vi. Era una tía, de esas tías que no cabe duda que conoce todos los chismes , lee Cosas y te puede destruir en unos minutos . La tía me estaba mirando con un 00 de nota en la cara por mi manera de comer, estaba muerto. Extasiado en mi maldad con las conversaciones con los novios y para colmo estando en el lado que correspondía a las mujeres (con sus novios), había hecho una especie de pasta chamánica con el puré, el arroz y la carne. En mi descuido se había formado un cerro absolutamente notorio en el plato y por supuesto, todos los otros platos estaban siendo consumidos en un orden casi digno de un general nazi. Miré rápidamente alrededor y calculé el tiempo en que podía desaparecer el contenido, para colmo de males intenté bajar el tamaño del cerro de comida y no se me ocurrió mejor idea que aplastarlo un poco.
Como la desgracia ya estaba hecha decidí hacer como que no pasaba nada, pero la mirada de la tía me había puesto en la categoría de camionero. Cuando estaba resignado a ser rajado por la señora eternamente y planificando cómo podría hacerle alguna sobona atención para ganarme su aprobación, ocurrió.

La tía pudo hacer gritado, haberme tomado fotos, haberme insultado, haberme botado de la mesa, pero hizo algo que solamente una mujer salida de una telenovela puede hacer. Mirando el plato sonrío y dijo en voz bastante alta.

-“Ay!, que lindo, comes igualito que mi Felipe cuando era un bebito, el también mezclaba todo”

Casi toda la mesa se volteó a mirar ya que, aparentemente y por lo que escuché después, Felipe era como el símbolo familiar, el primer nacido, el sobrino e hijo mayor que ahora, casado, con tres hijas a cuestas estaba en Inglaterra trabajando para una impronunciable empresa.

Yo, congelado, no podía más que sonreír como un idiota. Muchas cejas se levantaron e incluso una de las más avispadas y menores sobrinas soltó un “asu” que terminó por destruirme. Aquellos segundos por supuesto fueron interminables y fueron complementados por “que lindo, el es un cavernicolita” de mi entonces novia.

Aparentemente el incidente se olvidó rápidamente o a mi me pareció más terrible de lo que fue, el caso es que la gente no me envió al corral y pude departir el resto de la tarde con normalidad. Por supuesto mi mente estaba esperando el momento de la venganza, el momento donde aquella señora elegante y guapa, ni siquiera podía decirle gorda y fea, se tropezara, cayera de nuca a la piscina y el gran danés de la casa, excitado por tanta violencia, fuera y la mordiera. Sin embargo la señora se mantenía elegante y bella para sus más o menos 70 años que tendría, incluso se le veía más joven pero era evidente que era la tía mayor.

Pasaron unas horas en las que mi deseo no se cumplió pero de cuando en cuando espera el evento hasta que al fin, la vida, me dio mi momento.

La señora, con toda la elegancia que puede tener una mujer, con ropa evidentemente comprada en otro país y con joyas que fácilmente podrían darme el departamento que tanto anhelo , estaba metiendo a escondidas bocaditos en su cartera. Para mi no hubiera sido nada reprochable pero evidentemente para la señora lo era ya que le faltaba un antifaz para completar la actitud de ladrona de esquina.

Cómo la vida me ha dado una habilidad especial para elegir el momento, esperé unos segundos y luego, cuando su codo rozó una de las bandejas y su mano derecha sostenía cinco, ¡cinco! dulcecitos, todos melosos, lo hice:

-“Señora, ¡cuidado con la bandeja!”.

La señora se sobre saltó por mi volumen de voz y la urgencia con la que hablé. Evidentemente no se iba a caer nada pero en un acto instintivo, cuando todos voltearon, metió los dulces en la cartera y sostuvo la bandeja. Tan evidente fue la falta social cometida que ella optó por meter un dulce más mientras le comentaba a otra señora.

-“Jiji, me llevo un par para el lonchecito, que están exquisitos”

Aparentemente esta señora suele molestar con esas cosas a los sobrinos ya que, al verla herida e indefensa, no dudaron en saltarle al cuello como una jauría de hienas salvajes. Veía a la tía corriendo herida por la sabana africana y a su familia detrás mordiendo sus flancos para que cayera.

-“Ay tía, estás con hambre”, aventuró una de las sobrinas menores.
-“Olga, pero te traigo un tapercito”, dijo la dueña de casa
-“Ay mamá, jajaja”
-“Esa tía Olga, ya está como la abuelita que se metía todo a la cartera”.

Pero la frase que más gocé fue la de la mamá del novio que, comprendiendo la incomodidad de la señora confesó, “ay, yo hacía lo mismo, por que a una le provoca el dulcecito después”.
Evidentemente la tía Olga sonreía elegante pero en esa mano manchada con la azúcar impalpable del pecado y en esas servilletitas dobladas a manera de quetes culposos, yo sabía que sufría y en ese momento gocé.

Caminé hasta el baño mientras a un tío se le caía la copa de vino y los familiares, como solamente las familias pueden hacer, corrian al cuello de la nueva víctima para hacer mofas variadas y tratarlo de borrachín (borracho de mierda pero con aroma a hogar). Dentro del baño no pude dejar de saltar y decir “sí!! Sí!! Venganza!! Soy malo… gozo… gozo!!!”. Al salir del baño mi novia de entonces miraba sospechosa y me preguntaba “¿Qué hacías, con quién hablabas ?“. Evidentemente nunca confesé mi “vengasmo” (orgasmo de venganza).