lunes, 11 de enero de 2010

Dejé de creer...

Dejé de creer en los besos sin ganas de los esposos. Esos besos de los que uno se enamora inútilmente. De los que les dan a las amantes con pasión y a las esposas sin amor. De los que da la enamorada el viernes sabiendo que el lunes se va de tu vida. De los que se da a una chica teniendo a la esposa dormida al lado. De los que se dan en sueños a una para amanecer con otra. De los que en la noche saben a miel y en la mañana se mezclan con el mal aliento. De los que se dan sin amor. De los que se dan a uno para besar mañana a otro. De los que van sin un te quiero. De los que dejamos pasar esperando que venga el verdadero. De los que dan al amante para mentir luego al novio y los que le dan al novio simplemente para mentir. Los de mentira y los de verdad que terminan siendo mentira. De los que nos cuestionan y de los que nos arrepentimos. De los que nos obsesionan. De los que soñamos y con los que tenemos pesadillas de jóvenes enamorados. De los que hacen suspirar a todas mientras no los tengan que dar ellas. De los que se dan al esposo con sabor al amante. De los que te ponen en la fila, casi en el puesto diez. De los cobardes. De los que atan a amar sin ser amado. De los que te demuestran que ya no sabes amar.

Dejé de creer en los besos. Cuando los únicos sinceros son los que dan los perros. De esos besos que dan las chicas a los amigos tratando de hacerlos sus amantes y a los amantes tratando de que también sean amigos. De los que dan las novias tratando de que seas mejor persona. De los inútiles. De los útiles. De los utilitarios. De esos que te desesperas por dar para descubrir que no eran tan buenos. De los que llevan veneno y mentira. De los que dan las madres para tratar de conseguir padre para su hijo. De los que dieron mis amigos a sus amantes para que luego fueran sus esposas y sus esposas dieron para rehacer su vida. De los que me dieron mientras bailaba un vals que estaba bailando otro sin que me de cuenta de que estaba bailando solo. De los que te quitan un hogar. De los que te dan miserias. De los que te salvan de la muerte para luego traerla peor. De los que se dan en la frente con un "no hay forma" firmado. De los que se acaban. De los que sobran. De los que se reparten. De los que al final son tantos que ninguno es especial. De los que creemos especiales cuando son solo uno más. De los que damos para no sentirnos solos. De los que nos demuestran que estamos solos. De los que dicen tu verdad pero en tu mundo. De los que te ayudan a escapar. De los que dieron a otros.

Dejé de creer en los besos. Besos de esos que no producen amor. De los que otros dieron por jugar a quienes yo quería para amar. De los que nos llevan a soñar sueños calientes para despertar en una diaria pesadilla fría. De los que no daremos a quien los merece. De los que matan de soledad. De los que no recibe aquella esposa que dormirá sola. De los que reciben los fieles y cornudos a la vez. De los que creen que el amor existe y se van desencantados. De los que son sólo por sexo. De los que no son solo por amor. De los que se olvidó de dar una mujer ya sola hace veinte años. De los besos con vinagre. De todos.

miércoles, 6 de enero de 2010

Te recuerdo luego de 24 años

Cuando la vi, mi cerebro saltó a mis doce años sin ninguna precaución. Ahí estaba ella: más mujer, adulta pero aún con mirada de niña. Con un cochecito que esta vez llevaba un niño de verdad y no un muñeco de plástico aunque, a juzgar por su belleza, sería complicado decir si no era un muñeco en realidad.

Ahí estaba ella, con el recuerdo de mi primer amor, fallido claro está sino no sería un recuerdo, de aquella primera lágrima de las muchas que se derraman por el amor no correspondido. Aquel amor que se perdió por puesta de mano de alguien más rápido, con menos miedos y que, por supuesto, terminó siendo un niño indiferente y malo, aunque todo el daño seguramente se ha olvidado y es que a los catorce años qué tanto daño te pueden hacer comparado con los años que vienen.

Ahí estaba ella, con las mismas pecas y el pelo de sol que le llegaba por debajo de los hombros, ni una huella de los más de veinte años se dejaba ver a simple vista. Ahí estaba ella, con la misma capacidad de no notar mi presencia y pasar indiferente a mi lado. Ante su mirada vacía y un "permiso" indiferente iba a responder: "hola, ¿no me reconoces?", pero hubiera sido complicado decirlo cuando mirándome al espejo, no me reconozco ni yo mismo.