domingo, 2 de mayo de 2010

Historias Cerdas - El músico y el cantante

A fuerza de no saber cómo escribir su nombre, había optado por escribirlo como: Jonhy. Habiendo pasado por Jonny, Jonie, Jonnie, Johnie entre otros inútiles intentos de que no se vea tan mal junto con un apellido latino como Molina, que era el suyo. Al ser actor le parecía que sonaba bien Jonhy Molina pero que se veía fatal en los créditos. De su calidad como actor poco había que decir. Las cámaras de televisión lo habían adoptado sin muchos estudios previos y, la casualidad más que el talento, lo había llevado a ser un actor conocido, incluso algo famoso. Las dudas de su calidad quedaron disipadas cuando pasó de un programa a otro colgado de la rama del humor.

La vida no le había dado para ser un galán, sin embargo Jonhy Molina no podía quejarse de la vida, ganaba bien, hacía lo que le gustaba y en la calle la gente volteaba a mirarlo dejando en claro que lo habían reconocido. Incluso en algunos lugares selectos y de moda lo dejaban pasar directamente a él y a sus amigos mientras el pueblo tenía que hacer cola. Evidentemente los locales de moda gozaban de tener entre sus asistentes a personas de la televisión y la farándula en general. Nada mejor para atraer adolescentes soñadoras que intentan darse a conocer mientras hordas de chicos jóvenes y sin esperanzas las seguían para, al final, acabar ahogando la frustración en alcohol. Sin embargo Jonhy no era depredador de quinceañeras, era más bien la carnada que usaban los amigos para atraerlas a sus redes.

Cuando Melania le apretó cariñosamente la mano, mientras con la otra, recibía la cerveza que Jonhy le ofrecía, puso una sonrisa que le oprimió el pecho a Jonhy. Esa sonrisa que no solamente va con la boca sino con todo el rostro, con el cuerpo, con los ojos. Jonhy, ya indefenso, pensó que volver con ella esa noche había sido la mejor decisión que había tomado. Ante esa sonrisa todos los problemas quedaban atrás. Yo desde mi rincón miraba la escena y me preguntaba si esa sonrisa sería la misma sonrisa que Melania había puesto cuando su mano estaba entre las piernas del cantante hacía solamente dos noches.

Diego había tenido sexo con todas. Al menos esa era la imagen que daba. Tocaba el bajo en un grupo de música que, para mí, era indefinible y tenía entre sus características algo de funk, house, groove y demás términos que nunca terminé de entender. Su éxito con las mujeres siempre se lo adjudiqué al aspecto desgarbado, casi como si lo acabaran de atropellar, a su figura escuálida, que dejaba claro que no tenía quién lo alimente y a su actitud de que todo le interesaba literalmente un pito, pero de marihuana. Cuando Diego dejó embarazada a una chica hace como un año atrás, se fue a vivir con ella y parecía que sus locas noches de rock habían terminado pero, para mi asombro, seguía coleccionado más y más mujeres en su lista. Una de esas mujeres había sido Melania, su última adquisición.

Para mí era el evidente caso de la chica que quiere tener una aventura, o sea sexo disfrazado de relación fallida, con el chico pendejo mientras estuviera segura de que el bueno, o sea el idiota, estuviera dispuesto a volver después y a llenarse de todos los sabores y olores del pendejo. Esa idea me torturaba mientras los veía felices en el bar. Al inicio me parecía que era por mi carácter heroico de llevar la verdad por delante. Sin embargo a la segunda cerveza me di cuenta de que en realidad era el sentimiento mezquino del miedo. Me quedaba claro de que si yo estuviera en esa película el papel que me tocaría sería sin lugar a dudas, ni necesidad de casting, el de Jonhy. De todas maneras habría una Melania en mi vida y un Diego. Cuando uno es un Jonhy se da cuenta que el mundo está repleto de Diegos.

Cuando me vi ante la escena, mi cuerpo tuvo la compulsión de ir a contarle todo a Jonhy, cosa que no tenía sentido ya que si bien lo conocía y me parecía una buena persona, la relación distaba mucho de la de ser siquiera amigos. Por otro lado a Melania a duras penas la conocía de haberla saludado dos veces y al músico lo había visto en sus conciertos y más lo conocía por sus aventuras sexuales que por su talento musical. "¿Sabes a quién se está haciendo Diego ahora?", solían ser las noticias de los amigos en el bar. Siempre acompañado por el nombre de alguna chica generalmente bonita e incluso algunas veces más bonita de lo que uno pudiera suponer el bajista desgarbado podría conseguir.

Sin embargo mi mente no me dejaba en paz. Veía a Jonhy feliz conversando con ella y tomándola de la mano y no dejaba de pensar en que, desde mi punto de vista, estaba haciendo el famoso papel de huevón. Pensaba también que era posible que él ya lo supiera como lo sabíamos todos y que no le interesara. Tal vez pensaba que solamente él lo sabía y le bastaba no pasar por huevón con el resto. Pero lo más probable es que todos mis pensamientos no tuvieran ningún sentido excepto el de ponerme y torturarme colocándome innecesariamente en su lugar. Cuando les comenté a algunos amigos de mi impulso, todos me miraron como si se necesitara una ambulancia del pabellón de psiquiatría, algo como que mi pensamiento dejaba claro que había una emergencia psiquiátrica. Ellos mismos, que habían opinado cosas como: "pobre huevas... ", "que horrible...hasta las huevas", "asu, que tal huevón" eran los mismos que nunca le dirían nada y a los que les parecía que lo mejor era callarse la boca con un vaso de cerveza. Lo más probable es que tuvieran razón.

Cuando Melania se puso a conversar con una amiga y se fue hacia el baño, pude ver entrar al músico en el bar. La coincidencia y el momento me parecían una burla para mí. Ese narcisista instante donde pienso que el universo hace las cosas tomándome como protagonista cuando en realidad ni siquiera soy un extra. Estaba por darme media vuelta cuando se dio el momento maravilloso, casi en cámara lenta, del saludo de dos hombres que en menos de tres días habían compartido a la misma mujer. Las miradas de ambos me dejaron claro que Diego sabía que Jonhy y Melania habían vuelto pero le interesaba poco ya que Melania era la chica número mil doscientos treinta tres, tan especial como el porro que se había fumado el jueves pasado y luego de aquel doce más en los siguientes días, a tal punto que no recordaba si había fumado el jueves o no. Por su parte me pareció evidente que Jonhy, por supuesto, no tenía idea de absolutamente nada o al menos lo ocultaba demasiado bien.

Al pasar por mi lado Diego me saludó con la indiferencia del artista hacia alguien que ni siquiera es su fan pero lo conoce. Viendo a Jonhy solo, me acerqué...

(continuará)