viernes, 4 de febrero de 2011

Cuando los tiempos cambian

Debido a diversas vueltas de la vida me vi relacionado a la docencia universitaria. Una de las cosas que más me ha sorprendido del cambio entre cuando yo era estudiante y ahora que soy profesor es el poder que tienen los alumnos para delinquir. Es casi como si, institucionalmente, se prohibiera al alumno hacer cosas que, de cometerlas su destino se convertiría en incierto pero por otro lado se dijera que es poco probable que se aplique la ley.

Cuando yo era alumno en la universidad existía la copia, como no va a ser, pero recuerdo que un profesor podía anularte el examen sin mucho trámite. Hoy en día la cosa es diferente, es casi como si el profesor fuera más sospechoso de mentir que el alumno de copiar.

Cierta vez me pusieron a cuidar un examen en una universidad en la cuál parte del reglamento es que los profesores cuidemos exámenes, una de las actividades más aburridas y sin sentido que he tenido que hacer. Un día descubrí a un alumno con su celular prendido con todos los textos del curso en pantalla. Evidentemente le anulé el examen. Sin embargo cuando fui a devolver los exámenes me preguntaron:

  • “¿y no requisó el celular?”

Evidentemente yo no le iba a quitar un celular al alumno para hacerme responsable de un aparato de varios miles de soles, adicionalmente a la posibilidad de tener que luchar con el alumno por el aparato, cosa que posiblemente se vería bastante mal. Cuando le dije que no lo había hecho me dijeron:

 

  • ”Profesor, siempre se quita el celular para tener la prueba, el alumno puede decir que usted está mintiendo”

Es aquí donde la cosa se puso rara. Eso quiere decir que si veo a un alumno mirando la hoja de otro y copiando el examen ¿tengo que tomarle una foto?, por que podría el alumno decir que no lo hizo. En realidad el alumno puede decir que no lo hizo y tener 20 testigos que afirman que no ha copiado y que en realidad nadie nunca ha copiado en ese grupo. No comprendo entonces para qué la universidad invierte en pagarme por ir a cuidar exámenes (la mitad de lo que paga una hora normal) si es que mi palabra no va a ser ley. Para tal caso que pongan a un par de practicantes con sus cámaras digitales, total su palabra pesa lo mismo que la mía.

Otro caso es en otra institución donde los alumnos aparentemente han integrado el copiar como competencia profesional. Parece que llevaran curso de Copia I, Plagio II, Justificaciones III, porque la cantidad de gente que intenta copiar es absurda y hablamos de los ciclos más allá de la mitad de la carrera. Evidentemente yo soy el maldito que los detiene. Aparentemente hacer respetar las normas y la igualdad, ya que me parece que el que un alumno copie y los otros no le da una ventaja inmerecida al delincuente, me convierte en un maldito miserable.

En todo caso la institución parece castigarme cada vez que encuentro a uno de estos copiadores. Casi es como si el rector fuera Alfredo Bryce. Para poder reportar el caso tengo que presentar pruebas contundentes y emitir un detalladísimo informe que siempre tengo que elaborar dos o tres veces por que me piden cada vez más detalles ya que el alumno puede decir que es un invento mío.

Esto quiere decir que el profesor tiene que presentar pruebas, informes, casi como si fuera un capítulo de la serie CSI mientras que el alumno copiador solamente tiene que decir “yo no fui”. Con razón los profesores prefieren evitarse el problema y se hacen los de la vista gorda ya que el castigo parece más para el que descubre la falta que para el que la comete y si bien creo que debe haber un procedimiento este no debería ser lo suficientemente complejo para que los que imponen la ley se vean totalmente desestimulados a aplicarla.

Finalmente otra cosa con la que me he encontrado es que todas las instancias se lavan las manos y recomiendan al alumno “hablar” con el profesor. Así me veo involucrado en una situación donde yo soy el “tombo” que te detiene por manejar borracho y tienes que convencerme de que no te ponga la multa. De esa manera tengo alumnos delincuentes persiguiéndome por toda la universidad que pasan desde mostrarse molestos y alzar la voz diciendo cosas tan absurdas como “yo tengo un nombre!, tengo un trabajo y que diga que he copiado es una calumnia que me afecta” ( luego su compañera aceptaría que se habían pasado la prueba por la computadora por supuesto), hasta alumnos que luego gritar, negar (diciendo de esa manera que yo soy un mentiroso), exigir que se le muestren las pruebas pasan al estado de “perro apaleado” y se acercan de lado y moviendo la cola nerviosamente mientras lamen el aire y con una sonrisa más falsa que la de un payaso de esquina a pedir perdón y pedir que no los “acuse” o que no lleve el tema a instancias mayores, pasando por supuesto por alumnos que han ofrecido dinero diciendo “profesor, tal vez hay alguna forma extra académica” o los que han ofrecido cosas como “estoy dispuesto a lo que sea, lo que sea…”. Esos son los profesionales que tenemos, pienso.

Lo extraño es que las instancias mayores son las que les recomiendan “hablar” con el profesor, o sea “arreglar”, “coimear”, “convencer”, prácticamente volver el proceso de castigo en algo absolutamente subjetivo. “Si me haces buen floro entonces te perdono pe causita porque soy tombo bueno”. Evidentemente nunca he pasado por alto uno solo de esos actos aunque me canse el tema burocrático ya que alguien tiene que decir basta de corrupción en este país, si te pasas la luz roja paga tu multa, si manejas borracho, paga tu multa, si eres funcionario corrupto, anda a la cárcel, si copias en la universidad, sufre tu expulsión.