sábado, 12 de febrero de 2011

Mi Historia de la Impro – Capítulo I – Mi punto de vista

 
Dentro de lo que he vivido en estos últimos años capítulo aparte merece mi extraño paso por las tablas. Antes de partir del todo de ese mundo sentí la necesidad de contar mi historia, mi punto de vista al respecto, para al fin poder cerrar la puerta de una actividad que me ha pedido a gritos que me retire hace mucho tiempo y que, por una pasión muy fuerte no he oído dicho pedido y que, como la vida te va diciendo qué hacer y que no, terminar arrimándote y te pone en tu lugar.

Evidentemente todo lo que voy a comentar es absolutamente un punto de vista personal pues es por medio de mis ojos que cuento lo que he vivido, con mis sensaciones, con mis traumas, con mis frustraciones, éxitos y alegrías. Casi no hay un punto de vista más subjetivo que el que se habla desde la pasión de algo que disfrutamos.

En mi vida, me he visto involucrado en actividades para las que “sirvo” pero no destaco. En el colegio, en el aspecto deportivo, terminé colándome en alguna selección del salón a pesar de no ser un buen deportista. Terminé jugando basket y futbol y siendo titular en algún caso, a pesar de que la vida no me había dado habilidades para ello y no lo hice mal. Evidentemente tampoco destaqué.

Corría el año de 200X cuando mis amigos Renato Gianoli y Ricardo Morán trabajaban en el exitosísimo programa Mad Science del cuál nunca he visto algo que si quiera se le acerque. Dentro de los desaciertos de la televisión uno de los más terribles es por no apostar por más programas de ese tipo. Luego cambiarían a los protagonistas y nunca más se llegaría al nivel que se logró con el elenco original. Sin embargo es uno de los pocos programas del tipo educativo que muere con dignidad.

Haciendo un paréntesis sobre mi historia, algo que me había parecido impresionante sobre ellos dos era que el mundo los conocía por lo que hacían en TV, sus papeles en novelas y en esta serie de ciencia. Lo que me parecía gracioso es que la gente no tenía idea de que detrás de lo que se veía habían dos personas con habilidades casi interminables. Ambos de una inteligencia y capacidades para otros campos, muy alta diré para no excederme. Ambos podrían haber sido cirujanos, astronautas, físicos nucleares o lo que se les hubiera dado la gana. Bueno casi, en el caso de Renato podría haber sido hasta futbolista profesional pero dudo que la pintura le hubiera ido bien. En el caso de Ricardo creo que no le van tan bien los deportes pero a cambio tiene una habilidad por el diseño muy alta.

Estos dos amigos, que eran actores, directores y finalmente artistas me invitaron para formar un equipo de Match de Improvisación pues Pataclaun iba a organizar un campeonato y ellos querían participar y que los acompañe en dicha aventura. Mi única experiencia teatral había sido un taller de claun en Bola Roja que fue muy importante para mi y donde llegué a segundo nivel antes de que la maestra Wendy Ramos me dijera que no tenía lo necesario para seguir a un tercer nivel, cosa que me dolió mucho en el momento pero luego comprendí que la misión de un maestro es justamente esa: observar, elegir, depurar y formar. De esa historia ya contaré mi experiencia en otro momento. Viendo la labor que hace a veces me da pena no haber tenido el talento para llegar a ser doctor claun ¿me hubiera dado tanto el alma para ayudar a otras personas de esa manera tan comprometida?.

Regresando al match de improvisación, fue en ese contexto que me mandé a formar parte del equipo. De las primeras cosas que me asombraron y me marcaron fue la primera vez que vi la casa Pataclaun. Si bien yo admiraba, como todo el Perú, a Pataclaun por sus obras de teatro y su elenco de televisión en aquella época su era de oro había terminado. Ya no estaba ese maravilloso grupo que nos había hecho reír tantos años. Ese grupo del que todos éramos admiradores en mayor o menor medida. Eso era el pasado. El presente en ese momento era una obra que había terminado temporada hacía relativamente poco llamada “El Round del Claun” y que no me había parecido tan graciosa como las obras anteriores pero que me había dejado una profunda huella por la presencia de una claun que me dejó prendado de su rostro, su pelo rojo y de su evidente carácter fuerte: Patricia Portocarrero (me enteré de su nombre mucho tiempo después). Recuerdo vívidamente que en el primer momento que vi al grupo, saliendo de entre las sombras, como una barra de estadio, en cuanto la vi, al igual que en la película Belleza Americana, el resto del espacio desapareció y quedó ella sola. Me sentí un poco culpable pues tenía a mi enamorada casi recién estrenada al lado pero luego de que ella me comentara que conocía a Renzo Schuller, también parte de ese elenco, y lo hiciera con esa habilidad que tienen las mujeres de dejar en duda si esa “amistad” era una amistad sana o es que se habían revolcado en ardientes noches de sábado luego de unos tragos, me quedé en paz conmigo mismo.

Evidentemente cuando me dijeron “Pataclaun” todas esos recuerdos aparecieron en mi mente. Cuando comencé a llevar el taller conocí a la primera persona que me asombró: François Vallaeys.
Describirlo con justicia es complicado. Ya de por si tenía una imagen francesa de maestro que lo hacía parecer un Jedi. Todos lo miraban con respeto y admiración ya que él poseía el poder, poseía el conocimiento de qué era el Match de Improvisación y había jugado para la selección francesa en un mundial. Cosa que nos parecía algo de tal nivel que se veía como inalcanzable y una de las dudas era qué íbamos a hacer con el tema del idioma. Ah por que por supuesto que no nos íbamos a detener hasta llegar a Francia o Canadá!, al mundial!. Era el deporte que iba a reemplazar al fútbol.

Nuestro grupo era bastante singular. Era una fauna silvestre y loca como todos los grupos vinculados al teatro y claro, nos reuníamos a comentar junto con mis dos amigos sobre lo que ocurría, las personas, los planes, tratando de entender la impro sentados en una sala mientras comíamos pizzas familiares. En restrospectiva es muy gracioso pero hablábamos horas sobre los ejercicios y planeábamos como hacerlos mejor. En ese momento no sabíamos que la impro nacía del vacío y tratábamos de llenar nuestras mentes de ideas cuando eso era lo peor que podíamos hacer.

De esa temporada lo que más puedo recordar y añorar es la mística que le daba François Vallaeys. El nivel de respeto y cuidado que tenía hacia la Improvisación delante de nosotros nos llevaba a ver el match casi como algo sagrado y el taller era algo parecido a una reunión secreta de los Iluminati. Dicha mística nunca más la he vuelto a ver excepto en Ricardo Morán como maestro de impro que, como director de teatro que es, evidentemente sabe lo importante de respetar el escenario. Sin que sea malo me parece que el resto nos volvimos muy pragmáticos.

La segunda ocurrencia importante fue el día que nos dijeron que nos iban a subir de nivel. Aparentemente se habían dado cuenta de cierta particularidad en nosotros tres que nos diferenciaba del resto: aparentábamos ser inteligentes y esa inteligencia se necesitaba para el puesto de coach. En ese entonces se jugaba con coach, el papel del coach era el que hoy en día tiene el capitán con la diferencia que en ese momento los actores no tenían ideas para desarrollar por lo que el coach se supone era el que pensaba en la idea y se las decía a los actores.

Cuando sonaba el silbato todos los actores, con sus mentes en blanco, volteaban a mirar al coach y este les daba los personajes y la idea general de la historia. Ser coach en ese momento era importante y era un cargo para el cuál había pocos elegidos.

Pero había otra característica importante en nosotros tres que nadie más tenía: La competitividad. Podíamos ser amigos pero, en cualquier cosa que hiciéramos, competíamos a niveles que nos podían llevar a la ira, al llanto o a la risa, pero era extremadamente intenso. Nunca sabré si esta característica había sido evidente para quienes tomaban las decisiones y había sido parte de la decisión de ponernos de cabeza de los equipos pues algo que no lograban en ese momento estimular en los actores era la competitividad.

Para nosotros fue un gran momento. Nos iban a pasar con el llamado “elenco” para ayudarlos con el tema de ser coach. Recuerdo la primera vez que fuimos a ese grupo (que era en otro horario y en otra sala para que se entienda la importancia) y entramos. A las dos únicas personas que reconocía era a Patricia Portocarrero y a Saskia Bernaola que para mi era muy importante por un programa que yo amaba profundamente llamado “El Cuarto de Juan”.

“El Cuarto de Juan” era un programa con un humor muy particular, pero lo que realmente me gustaba de dicho programa era su parte política. Recuerdo todavía una escena donde promocionaban productos y entre ellos un juego de mesa para ser presidente dejando evidentemente claro que si eras Fujimori podías hacer lo que quisieras.


Me parecía genial y miren que ese nivel de crítica, parodia ácida y vértigo no lo he vuelto a ver. Hoy en día me parece una vesión mejor que Polizontes y veo varios elementos parecidos ¿no?.


A ver quién tiene los huevos para hacer eso hoy. Y no vean los huevos que tuvieron ellos junto con su directora July Naters para hacer lo que hicieron. Por favor!, estaban enfrentándose al monstruo de dos cabezas VladiFuji. Claro que los eliminaron de la pantalla chica pero como carajos no quieren que me quede totalmente alucinado de haber visto a Saskia Bernaola a mi lado en ese momento y que por la puerta entrara July Naters.

Viendo estos videos y recordando como admiraba ese programa puedo decirle a todos los que me cuestionaron y me cuestionan por mi admiración por July Naters y que se burlan de mi porque la admiro tanto: Mira infeliz, el día que hagas algo con la mitad de huevos y la cuarta parte de la calidad  como “El Cuarto de Juan” que tuvo una postura pública contra la dictadura más ferrea que hemos tenido te ganarás mi admiración incondicional y me escucharás reventándote cohetes, mientras tanto mira y calla.